24 noviembre 2014

Happiness


Si acaso existe la felicidad no se encuentra al final del viaje sino que se haya agazapada en pequeños retazos que se nos escapan porque estamos mirando el final del camino y no el tránsito. Ahora que hasta la marca de refrescos que pensamos todo el mundo se ha inventado El Instituto Coca Cola de la Felicidad (sic, aunque me niego a enlazarlo para no darles más publicidad de la debida) vemos que esta es una palabra completamente vacía. Tan vacía como decir amor, patria, madre tierra, ecologista, democracia o un puñado de lentejas: la cantidad de este puñado depende del tamaño del puño, de la lenteja, de cómo se cojan, de cómo entendamos el concepto de puñado o de si en realidad hay lentejas para recoger. Nunca he sido feliz en toda mi vida, pero sí que he pasado buenos momentos con gente buena y malos por mi tozudés o porque mucha gente son el sinónimo de deslealtad y traición. Les cuento algo que vi hace poco por unas calles de mi ciudad y que me hicieron feliz no por mirar el final del camino sino por el tránsito de éste.
Paseaba por las calles peatonales de La Laguna con un amigo y su perro y vimos, frente a una óptica que tenía un anuncio que era un espejo en forma de gafas gigantes de una marca comercial de lentes, a dos chicas de 15 años subidas al banco que estaba justo fuera de la tienda. Estaban con sus teléfonos móviles buscando una posición adecuada para salir cada una en un lado del espejo y hacerse una foto para recordarse como amigas, o como lo que en aquel momento fueran, y para compartirlas probablemente con sus amigos y difundirlas por sus redes sociales y mensajería. Me pareció un momento extremo de felicidad lo que aquellas dos chicas hacían allí, completamente ajenas a lo que otras personas mayores hacían y que las miraban como estúpidas y con caras de hasta molestarles, y no pude sino esbozar una sonrisa. A mi estas cosas me alegran mucho los días. Lo que más me molesta de la gente es la mala educación, que tiren cosas o escupan en el suelo, que se tropiecen con alguien por la calle y no pidan perdón o que no sepan apreciar una cortesía de alguien desconocido que sólo pretende ser agradable. A mi esta es la gente que me amarga el día y no lo que las chicas estaban haciendo, cosa que por cierto hasta me parecía muy creativa. Los expertos dicen que aunque vivimos en la era de la imagen pura, ahora todo el mundo tiene mínimo una cámara de fotos en su bolsillo, muchas de estas imágenes no sobrevivirán porque son fungibles como los dispositivos con las que se hacen. Yo estoy completamente de acuerdo aunque por mi forma de ser, por ejemplo, guardo hasta las fotos que salen mal con mis cámaras o móviles porque quiero preservarlas no sé bien para qué. Espero que estas chicas guarden aquellas fotos que se hicieron frente al espejo gafa y que un día dentro de, por ejemplo, 40 años, cuando muchos de los que estábamos por allí ya no estemos, las puedan volver a mirar como amigas recordando la felicidad que sintieron en aquel momento aparentemente intrascendente. Nunca lo llegarán ni a sospechar pero me gustaría que supieran que por lo menos uno de los tantos que pasó por allí mientras ellas hacían aquello también fue feliz unos minutos contemplando aquel juego.

Dedico esta entrada a mi amiga Jéssica que es la mejor compañera de clase que he tenido nunca y que me dice, sin tapujos, que me ha robado el concepto de felicidad como momento de tránsito.