03 octubre 2015

El Sur


Sin que tenga que venir el caso del cómo y el porqué, en estos días una chiquita de 14 años me contó una historia que no sólo me impresionó sino que me hizo dar cuenta de lo alejado de la realidad que vivimos muchos que hemos ido de progres por la vida pero que a duras penas hemos hecho el esfuerzo de, no sólo, comprender a los demás sino de la realidad que se ha estado viviendo históricamente en estas Islas Canarias. Vive en la típica zona sur de una de nuestras islas, hacia la montaña y no la costa, en las que antes del boom turístico de hace unas décadas se malvivía, se pasaba hambre y las niñas y niños no iban a la escuela, a pesar que desde 1920 era obligatorio, porque cada una de esas criaturas eran dos manos para trabajar bajo las órdenes de los caciques y contribuir a la economía de la familia.
Le hablaba de la escritura como forma de transmitir el conocimiento que tienen los seres humanos y me contó que su abuela estaba aprendido a leer y a escribir y que la señora estaba contenta con ello. Me dijo que su abuelo era más bruto y que no le interesaba aprender ya nada. Pensando en gente octogenaria le pregunté a la chica que qué edad tenían sus abuelos y me dijo que ella 55 y el hombre 60. ¡55 años y sin saber ni leer ni escribir por culpa del hambre cuando, en otros lugares más afortunados de archipiélago hay gente de esa edad forrada gracias a titulaciones superiores porque se podían permitir unos estudios! La chica me dijo, no con estas palabras pero lo quería expresar así, que a la mujer se le había abierto un nuevo horizonte en el mundo porque ya entendía las cosas escritas y las señalizaciones por la calle. Lo dignamente bello del tema es que la chica ayudaba a hacer las tareas a su abuela y se las corregía y la señora iba muy contenta a la escuela de adultos. A mi también me enseñaron a leer y escribir mujeres y todavía recuerdo las lecturas que mi madre me repasaba antes de ir al colegio y, gracias a ella, no fallaba una cuando la maestra me la preguntaba.
Debe ser una niña que se ha criado mucho más con sus abuelos que con sus padres por cuestiones laborales y le brillaban los ojos cuando hablaba de su abuela porque, seguramente, le tiene mucho cariño. Yo le dije que lo que hacía era muy bonito, que lo mejor que una persona puede hacerle a otra es enseñarla a leer y escribir y que podía estar orgullosa de si misma porque yo, que tengo más edad, nunca he enseñado a leer ni a escribir a nadie. Le dije que no tuviera vergüenza de que su abuela no supiera ésto hasta hace poco, que no era culpa de ella sino de la pobreza que se ha vivido en las islas y entonces me hizo callar con una sonrisa que indicaba que eso jamás se lo había planteado y que le da igual lo que pensara de ella porque a la que quiere es a su abuela y no a la gente ignorante que se ríe de los demás por burla o creyéndose superiores cuando no son más que unos cretinos. Toda una lección de vida, y de belleza, con tan sólo 14 años de edad. Muchas veces los creemos que hablar con un joven es tratar con bobos cuando éstos pueden dar lecciones al más sabio y son más listos de lo que creemos.

No quiero enmierdar este texto, sobre todo por respeto a la muchacha, pero es que cómo lo voy a acabar es inevitable no referirme a esa progresía que se está formando en el archipiélago, que no tardaron nada en ser más de los mismo y de los que me atrevo a afirmar que la mayoría que están ocupando cargo pagado por los ciudadanos no tienen ni puta idea de lo que está pasando en la sociedad, ni antes en sus falaces discursos progres ni ahora desde sus despachos donde ya se han parapetado. Desde aquí les digo que no saben hacer nada y que yo he hablado con una adolescente de 14 años que ha enseñado a su abuela a leer y a escribir. No se ustedes pero yo sólo puedo sentir más que humildad hacia esta chiquita.