05 mayo 2015

¡Hasta luego!


Tuve un amigo que hace unos buenos años se suicidó. Se tiró de un puente y creo que quedó hecho añicos. Dicen que contaba a sus colegas más cercanos que iba a hacer puenting cuando este deporte snob se estaba poniendo de moda. A parte de un ser extraordinario tenía un sentido del humor negro muy avanzado para su edad. Padecía una enfermedad mental que se estaba cronificando y un día agotado de este mundo no pudo más e hizo lo que hizo. Ambos éramos de natural tímido, hablamos pocas veces en el instituto, pero siempre nos saludábamos con cariño. Recuerdo perfectamente la última vez que lo vi. Las calles estaban desiertas porque estaban echando por la tele un enésimo partido del siglo de fútbol y nos cruzamos de frente pero desde aceras opuesas. Nos saludamos con un hasta luego y un gesto de manos de cada uno. A los días me enteré que se había matado, su caso salió publicado en el periódico donde, por protocolo, publicaron sólo sus iniciales. Tres letras que separaban su muerte de mi vida que todavía dura. Millones de veces he pensado lo mismo: aquel día debí de haber cruzado la calle, haberme acercado a él, estrecharle la mano, preguntarle cómo estaba y contarle alguna tontería que yo estuviera haciendo. Es lo que, de manera natural, hacen las personas que son corrientes y no absurdamene tímidas como éramos nosotros. Todavía recuerdo la sonrisa que me dedicó y el brillo de sus ojos detrás de sus gafas pues ya había oscurecido y las farolas de luz naranja transforman las cosas aunque nos hayamos acostumbrado a este hecho.
Este muchacho, al que no asistí a su entierro no sólo porque no me enterara a tiempo sino porque era una vergüenza, me enseñó una lección que jamás olvidaré. Cuando te despidas de alguien que quieras y le tengas cariño hazlo como si fuera la última vez que lo vas a ver. Aveces me olvido de este axioma y noto que me he despedido de alguien con poco mimo: un compañero que se va del trabajo antes que tú y sale corriendo, alguien que ves por la calle y le dices que ahora no puedes pararte porque tienes prisa o simplemente porque la vida está compuesta de despistes y de errores. Yo también soy de aquella manera pero aveces me intranquilizo cuando me he despedido mal o he acabado discutiendo por algo que es una tontería. No estoy en época de mirar las esquelas para ver quién ha muerto en el bar mientras desayuno no sólo porque ya no miro prensa en papel sino porque mi natural no es morboso. Pienso que si ahora muero pronto me olvidarán, es una forma de sentir el mundo en el que encajo como una partícula más sin importancia y que sin mi todo seguirá igual. Sin embargo, hasta que el tiempo lo oscurezca todo recordaré a aquel muchacho que se tiró del puente. Te puedo contar un secreto ahora que el que quiera nos puede leer: si ves que te sonrío al marcharme es que te quiero más de lo que piensas. ¡Hasta luego!