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22 octubre 2014

Hablando del Dolor con 'Six Feet Under'

Spoilert alert!: no veas este vídeo si no has visto la serie y te ha apetecido verla. Esta maravillosa secuencia se disfruta más al final de las 63 horas de la serie.

El siglo XXI ha retomado el relato de ficción por entregas a niveles de la maestría ahora con el lenguaje de este siglo que es la imagen gracias, sobre todo, a esa factoría de crear historias inteligentes llamada HBO. Entre el año 2001 y el 2005, en la temporada de verano de esta cadena de pago en Estados Unidos, se emitió el que podría ser sin duda uno de sus mejores productos llamado Six Feet Under, que en España se llamó A dos metros bajo tierra por eso de redondear el sistema métrico anglosajón con el decimal, con un total de 63 horas de historias originales que jugaban con el dolor de los personajes y el humor negro e inteligente todo bien hilvanado con grandes guiones y una historia entre los vivos y los muertos. Creada por el guionista Alan Ball, que en el año 1999 nos enamoró a muchos con su American Beauty, tras en buena hora dar el salto a la televisión donde pudo desarrollar muchos aspectos interesantes que ya se vieron en aquella magnífica ópera prima.
El argumento es simple. Una familia de enterradores de la segunda hacia la tercera generación tienen un negocio familiar en la misma casa en la que hacen su vida diaria. Viven en el piso de arriba mientras que en el de abajo y el sótano andan con cadáveres y funerales. El marido con vida secreta, Nathaniel (Richard Jenkins), muere en los primeros minutos de la serie en un tonto accidente de tráfico, mientras su hijo Nate (Peter Krause), llega del Seattle cuna de Nirvana donde huyó del negocio familiar para pasar las Navidades y conoce en el vuelo a Los Ángeles al turbulento amor de su vida, Brenda (Rachel Griffiths), que le gusta experimentar con las situaciones. Nos enteraremos pronto que la viuda Ruth (Frances Conroy) estaba engañando a su marido con un vulgar peluquero y que su hijo David (Michael C. Hall) es un gay que vive dentro del armario pues no se atreve a reivindicar su homosexualidad aunque esté profundamente enamorado de un apuesto policía negro llamado Keith (Mathew St. Patrick) que conoció en una misa de domingo de una parroquia muy tolerante hacia la homosexualidad. Finalmente está Claire (Lauren Ambrose), sin duda el personaje más profundo e interesante y al final nos daremos cuenta que toda la serie ha pasado por delante de sus ojos, una adolescente que está buscando su lugar en una sociedad vacía que ya coquetea con las drogas y las relaciones con tipos indeseables. Claire es el personaje que podríamos decir que es el más empático y generoso de toda la trama aunque alguna pequeña misera también tendrá. Cada episodio de los 63 empieza con una muerte, un breve epitafio tras un fundido en blanco, y es el hilo argumental de cada capítulo. Hay muertes muy ingeniosas que es imposible que no saquen una carcajada al espectador como la del Papá Noel que tiene un accidente de moto delante de tres niños que lo observan incrédulos o la de la ultra religiosa que sale corriendo de su coche pues cree ver que son ángeles celestiales lo que en realidad eran unas muñecas hinchables infladas con hidrógeno que iba a ser usadas en un show pornográfico. En Six Feet Under vivos y muertos dialogan sin que sean éstos momentos para el miedo, como cualquier guionista infame hubiera hecho, sino que tienen una clara tensión dramática y hasta una ironía muy fina.
En esta serie los muertos que hablan ya no sufren, son los vivos los que están abocados al sufrimiento y si tuviéramos que definir esta serie con una palabra sin duda esta sería la de Dolor. Este es el dolor de las sociedades modernas que Alan Ball intuyó casi una década antes que se produjera en forma de Doctrina de Shock, de la depresión y la infelicidad, de los psicoterapeutas imbéciles que deberían primero curarse a si mismos, del Prozac y otros fármacos que se han convertido en el negocio más rentable de las farmacéuticas en los países donde el temor al futuro ha entrado duro como ha pasado ahora en el nuestro, del esnobismo de los restaurantes de sushi y del vacío de valores de gran parte de la sociedad norteamericana. Se podría decir que es una de las primeras series que normaliza la homosexualidad dentro de una historia natural, Alan Ball lo es y uno de los actores secundarios de la serie es su pareja, no como algo raro y anecdótico a la trama para reforzar la heterosexualidad sino como parte misma de ésta y al mismo nivel que los deseos y los sentimientos de todos los personajes independientemente de cuál sea su tendencia sexual.
El caminar de los personajes en la serie es el de la búsqueda de la felicidad pero siempre hay algo que los frena: la traición a la persona compañera que se traduce en múltiples formas de deslealtades, la falta de seguridad personal y el no saber decir no a tiempo, la manera enferma de sentir el sexo, una sociedad sin valores donde la principal forma de ocio es comprar con tarjeta de crédito, estar a la última en todo momento para ser el mayor cretino o la crítica feroz a las galerías y las escuelas de arte que deja constancia el personaje de Claire que, recordemos, es el más interesante de todos y que quizá por eso llegará a ser centenaria. Todo esto se traduce en el Dolor porque los personajes sufren viviendo en el país que más felicidad del mundo promete según la publiciadad y se medican para enfermedades mentales que están en el DSM IV aunque ya haya salido el 5. Todo esto sucede de manera inexorable como si los personajes tuvieran que que estar abocados a ese dolor que salen a buscar cuando, a veces, la felicidad está cerca y sólo hay que pararse para que les llegue en forma de pequeños momentos que al final son los que importan.
Sin duda una de las mejores secuencias de toda la serie es el final del capítulo 3 de la cuarta temporada cuando la familia al completo decide quemar viejos recuerdos de la casa anclada en los años setenta del siglo pasado. Let's burn it all!, sugiere Claire, y la escena funde a una hoguera hecha en el jardín al anochecer. La chica sube a su habitación para poner una canción de Radiohead, Lucky, y saca su cámara fotográfica para hacer fotos del momento mientras oímos estrofas como It's gonna be a glorious day / I feel my luck could change (va a ser un día glorioso, siento que mi suerte puede cambiar) Todos miran absortos a la hoguera hipnotizados por las llamas y el espectador siente que a partir de ahora todo puede cambiar como dice la canción pero es una falsa esperanza: las heridas son tan profundas que el dolor avanza con fuerza hacia el gran llanto que es el final de una serie que tuvo su justa medida y que Alan Ball supo acabar a tiempo en su quinta temporada y no prolongar innecesariamente este trabajo como hizo HBO con la bastante fallida True Blood firmada por el mismo autor. La clave es la canción de Radiohead, la música en la serie está siempre muy bien elegida y sirve para sostener el relato, que habla de un soldado moribundo que recuerda a su chica mientras agoniza muriendo por defender los intereses del Imperio Norteamericano. Esperemos que la cadena siga contando con este guionista y director y le encargue un trabajo más a su medida y no sujeto a las normas de la comercialidad como la de los vampiros.
Spoiler alert!: Esta secuencia es clave. Si no has visto la serie te recomiendo que no la veas. Si te interesa escuchar el tema de Radiohead Luck pulsa aquí.
Finalmente, y sin contar nada de la trama, quiero acabar con la secuencia final de la serie que es un viaje iniciático por la vida de proporciones homéricas a través de los ojos de Claire que ya queda fuera de la serie pero sigue en la mente del espectador. Extrañamente se siente tristeza porque son los minutos finales de una serie sin duda extraordinaria pero al mismo tiempo complicidad con el escritor por ver cómo son los finales vitales de todos los personajes. Es una suerte de evocación para que pensemos en cuál será el nuestro al mismo tiempo que sonreímos con el ajeno imaginando la vida entera que hubo en medio. A quien no haya visto la serie se la recomiendo, ya sabe las maneras de conseguirla que existen a día de hoy pero les aconsejo que sea en su versión original, y a quien la haya visto en su tiempo que lo vuelva a hacer ahora para que note que ésta no sólo no se ha quedado vieja sino que, por los sentimientos expresados en ella, es más actual que nunca. A quien pudiera estar sintiendo ahora algún tipo de dolor interno puede que esta serie le ayude a reconocer su procedencia porque si algo es Alan Ball, sin quitar mérito a su grupo de guionistas, es un completo conocedor del alma humana.

Posdata: Dedico este post a esas personas que me han expresado su cariño estos meses, ya sea de manera física o virtual. 

11 abril 2011

El mal de Santino Pe

Para mi ha sido un absoluto honor recibir la invitación de Juan Jesús Afonso, al que tanto he admirado estos años, para escribir la entrada número 3.000 de las noticias del Foro Contra la Incineración de Residuos. Lo que siempre me ha gustado de él es que se puede estar o no de acuerdo con su forma de decir las cosas pero que el tiempo y las circunstancias le acaban dando la razón. ¡Siempre! Desde aquí te envío un abrazo y te vuelvo a agradecer tu petición de colaboración, Juan Jesús.

Entre muchas otras habría que reseñar como constante una cierta desgracia que habían marcado la vida de Santino Pe y que se resumía en el hecho de que, indefectiblemente, nadie le hiciera el menor caso un día sí y otro también. Esto se reflejaba de manera notable en dos polos extremos de su vida y que iban desde el partido en el que militaba hasta su casa a la hora de comer.
Ese día en el almuerzo tocaba algo que le era especialmente indigesto y que solía revolver de manera pensativa porque en verdad aquella comida, una suerte de sopa de letras que para ser más autóctono debiera llamársela potaje, siempre se le acababan manifestando palabras, siglas y hasta frases enteras de lo que le había pasado durante el día. Hoy sobre aquella agua amarilla le saltaban a la vista tres grandes grupos de siglas que decían pesoe, cecé y pepé y por mucho que removiera con la cuchara no había manera que se mezclaran y le dijeran otra cosa. Empezó a comer sin ganas, la cocinera de la familia que lo había amantado y que lo conocía desde pequeño se permitía el lujo de gritarle desde la cocina que comiera o se iba a quedar sin postre a pesar de ya era mayor y calvo, y aquel día las oes y las eses de la sopa le hacía un daño especial al tragar porque él nunca se había identificado de verdad con los que se afirmabas socialistas y obreros pues Santino Pe no se le conocía oficio, ni beneficio, alguno que saliera de la fuerza de su trabajo y había conseguido medrar en la vida quedando siempre segundo en todo pero siempre con un cargo de consolación asegurado. Para su disgusto el plato estaba soso y a pesar de que el médico le había dicho que por la tensión no le convenía comer con mucha sal Santino Pe, siempre que podía, se saltaba la dieta y de un pequeño salero, hurtado a escondidas de la cocina, echaba unos buenos golpes de sal sobre los alimentos, como hacía ahora con la sopa, para darle sabor pues él mismo decía, nadie le solía hacer caso la verdad, que cuando muriera lo habría de hacer tras haber saboreado algo de la vida.
El caso es que mientras las diminutas piedritas de sal yodada caían en el plato la sopa de siglas cambiaba de manera significativa y ahora éstas se agrupaban de otra forma diciéndole cosas como iucé, enecé, peiele, ceceene mientras sobre una hoja de hierbabuena se podía leer perfectamente algo que decía losverdes. Santino Pe, que tantas revelaciones parecidas había creído tener en su vida con las que lo único que había conseguido siempre era permanecer en segundo lugar, pensó que aquella era la definitiva que lo habría de encumbrar en el liderazgo que jamás había tenido, no se sabe si por gandul que lo le gustaba trabajar o por cobarde que tampoco le gustaba trabajar. Mientras la cocinera de la familia había estado aquella mañana cocinado la sopa que se estaba comiendo, unos represaliados del partido en donde Santino Pe lo más que había llegado había sido a segundo le habían pedido que fuera con ellos para ser el primero sin hacer nada, sólo valía su nombre, y además no tenía que mancharse los dedos de cola para pegar carteles pues otros, como siempre, harían el trabajo de sucio por él.
Encantado de la vida apuró en rápidas cucharadas la sopa para ir a buscar un teléfono, al que tan aficionado era y con el que tantas intrigas había celebrado, y mientras se limpiaba la boca con una servilleta de tela, con sus iniciales bordadas por supuesto, se fijó que habían quedado en el plato blanco las siglas SXTF. Con rabia cogió el cuchillo para el segundo plato, que ese día se quedaría sin comer por la excitación de haberse encontrado a sí mismo en otro partido, e hizo añicos la ese de socialista que tanto daño a él, y a otros de su pelaje, le había hecho en la vida por la exigida coherencia quedando en el plato el mensaje vacío de XTF. Mientras la cocinera de la familia le regañaba por no haberse comido todo lo que le había preparado y lo amenazaba con dejarlo sin postre hasta después de las elecciones en la web del Foro Contra la Incineración de Residuos de Tenerife se publicaba este texto, que representa la entrada número 3.000 en más de ocho años de continuo trabajo y que el que escribe esto tiene el honor de ver publicada. Esperemos que algún día Santino Pe se encuentre por algún lado pero mientras le doy la enhorabuena al amigo Juan Jesús por tanto trabajo desinteresado sin buscar el protagonismo barato.

28 marzo 2011

El presidente con el traje a rayas






Como todas las mañanas Paulinito se resistía a salir de la cama pese a haber sonado varias veces el despertador con un estridente pasodoble y como todas las mañanas Lolimar, su Tutora y Consejera, entraba airada en la habitación para quitarle las sábanas y hacer que con el frío tuviera a bien poner los pies en el suelo y se levantara de una vez. Paulinito en estos momentos siempre tenía en mente unas palabras que decía en situaciones parecidas en su época escolar y que tenían la siguiente forma: déjame en la cama un ratito más que la seño de matemáticas está enferma y no tengo clase a primera hora. El caso es que miles y miles de estudiantes tampoco ha podido tener clase ni a primera, ni a segunda, ni por la tarde, ni por la noche desde que dura su mandato debido al plan de empleo decretado contra el profesorado y al dinero público desviado en fondos oscuros. Como no soportaba los chillidos estridentes que Lolimar le dedicaba en sus ataques de mala leche lo mejor siempre era salir pitando al baño, refunfuñar algo para dar a entender quién estaba en el mando y una vez en la ducha sí no pasaba el mejor momento del día sí por lo menos lo intentaba aunque para él el mayor orgasmo que existía era inaugurar algo que estuviera a medio hacer o que ya lo hubiera sido cuatro o cinco veces anteriormente.
 En el desayuno, que consistía en alguna especie descatalogada que le cocinaba su consejero Burriel aunque a veces esto le ponía de mal humor pues éste confundía constantemente animales marinos con terrestres, solía entregar la tarea que le habían mandado el día anterior y por la que Lolimar le reprendía un día sí y otro también hiciera lo que hiciera. La de esta vez había consistido en escribir 1.000 veces en la libreta cuando diga “construir” no debo olvidar la “ese” porque quedo como un belillo.
—Los constructores de Complacencia se irritan mucho contigo cuando en un discurso dices contruir y ayer mismo me volvieron a llamar la atención… —dijo en un tono severo Lolimar.
Paulinito miraba al plato de su desayuno ensimismado, esa mañana había tocado Avutarda Hubara en peligro de extinción, dando vueltas a la comida con el tenedor y pensando que, en efecto, jamás tenía que haber salido de su pueblo natal de El Zarzal. Desde hacía algún tiempo se había dado cuenta que gobernar toda Bananaria como si fuera su pueblo no sólo era algo que se tornaba imposible sino que muchas veces le sacaba de quicio porque para él la complejidad empezaba en el momento en que se pudiera contar más de dos cosas o cuando había que colocar a alguna sobrina imbécil suya. Incluso su Primera Dama atravesaba ciertos problemas por haber intentado colocar a los suyos y por no hablar del gasto desmesurado que ambos hacían de peinetas, mantillas y corbatas les gustaba lucir en sus actos sociales e inauguraciones en toda Bananaria no sólo porque era lo único que de verdad sabían hacer sino porque de aquella manera se distanciaban de los desposeídos que, por aquellos días, eran más que nunca. Aún así Paulinito se decía varias veces al día la frase, casi en el tono místico adoptado cuando se reza un rosario, de nunca debí haber salido de El Zarzal.
El helicóptero con el que a diario acudía a trabajar apenas a cinco manzanas del Palacio Presidencial estaba listo en la azotea del edificio pero esa mañana no iría a la Sede de Presidencia sino a inaugurar colegios vacíos, listas del paro, a recibir al turistas 999.999 del mes de febrero, a poner primera piedras de hospitales que no se habrían de construir (nosotros si lo sabemos decir bien) y al casino a apostar que era lo que mejor sabía hacer pues en todos discurso siempre lo acababa con la muletilla de el gobierno apuesta. Paulinito le encantaba viajar en ese medio de transporte exclusivo pues él tenía un gran complejo de altura, era de ostensible talla baja no sólo en lo físico, lo intelectual y lo político sino en lo humano y moral, y desde allá arriba miraba con superioridad a todos los que le llamaban belillo, incluidos a los de dentro de su partido, por lo menos durante el tiempo que durara el trayecto. Allí aprovechaba para ver y oír resúmenes de la radio y televisión pública privada de Bananaria en los que abundaban sus discursos de inauguraciones del día anterior y programas del corazón bananario. Allí también despachaba por teléfono con algunos consejeros exigiéndoles que no sólo parecieran estúpidos sino que lo fueran. Desde que Sorianito había dejado de ser Consejero de Economía y Despilfarro para irse a disimular a la oposición ya pocas cosas le sacaban de quicio salvo las ocurrencias, la actitud plañidera y la voz chillona de la Consejera de Sin Educación Prodigios Luis Pito diciéndole que los profesores la habían vuelto a poner en ridículo.
Entre todas estas divagaciones un día más pasó en Bananaria y a Paulinito ya le quedaba poco para regresar a su Palacio en el que todas las noches se celebraban fiestas al despilfarro y donde era, indefectible, el hombre más feliz del mundo con esos festejos. Antes le quedaba el último acto previo a la campaña anterior a la pre electoral y era la inauguración de un centro de retención de inmigrantes. Sin duda a Paulinito y a todo su partido le daban muchísimo miedo todos los que vienen de fuera, salvo si tienen mucho dinero o vienen de turismo con todo pagado, no sólo porque le puedan quitar el trabajo a los bananarios, cosa que no tienen en realidad, sino porque dicen la verdad y la verdad es algo que está expresamente prohibida en su partido y gobierno porque el día que esta se imponga sin duda dejarán de existir. Paulinito, haciendo caso omiso a la policía bananaria que le aconsejaban que no se saltara el protocolo, se fue a una de las celdas a ver cómo vivían allí aquellos despojados mientras el Consejero Mengano era el que atendía a la prensa y daba los discursos. Allí se encontró a un muchacho con el que compartía un cierto parecido pero que estaba abatido y tumbado en el piso bajo de una de las múltiples literas que había en aquel barracón. A los presos los habían obligado a acudir a la recepción pero éste se había podido escapar del acto. Paulinito y el muchacho se miraron durante unos segundos y el primero sintió algo parecido a la compasión que más bien eran unas despreciables ansias de superioridad.
—Quiero ponerme tu ropa para saber qué se puede sentir al venir de un país de incultos como el tuyo a una región ultraperiférica pero tricontinental que estando en el borde se encuentra en el centro como Bananaria. ¡Quítatela ahora mismo para ponérmela yo y te dejaré lucir mi traje! —le espetó el Presidente.
El muchacho, que entendía perfectamente el idioma de Paulinito, se quitó el uniforme con el que lo hacían estar allí, una suerte de traje a rayas idéntico a la imagen que tenemos de algunas prisiones por el cine y la televisión, y lo puso sobre una litera mientras Paulinito hacía lo mismo con el suyo comprado a un sastre llamado Camps. Se miraron unos segundos estando en calzoncillos y allí lo único que los separaba como humanos, aparte de la marca lujosa de la ropa interior de uno de ellos, era en efecto que uno estaba más cebado que el otro porque no sólo no se había comido lo que le tocaba como humano sino lo que se tenían que comer otros pues ya se sabe lo mala que es la avaricia y la RIC. Justo en el momento en el que las ropas estaban intercambiadas, y por ende las entidades, apareció la policía bananaria y en unos segundos escoltaron al muchacho, que ahora parecía el Presidente verdadero, y redujeron a Paulinito con una patada en los testículos cuando éste intentó demostrar que él era el Presidente gritando contruir en lugar de construir. Al minuto vio, impotente y con un dolor muy fuerte en sus partes pudendas, como despegaba el helicóptero que a tantos lugares le había llevado, y con el que desde niño siempre había soñado, pero sin él dentro. Los otros inmigrantes lo intentaron ayudar pero él se los sacudió a todos y se puso a llorar en una esquina.
Con el recuento cercano al amanecer le informaron que al siguiente día lo habrían de deportar fuera de Bananaria pero que tenía mucha suerte que las islas no fueran territorio independiente porque si no adoptaría otro tipo de soluciones más drásticas que pasaban por el gas y la cenizas. Lo pusieron de rodillas y le obligaron a decir gracias Paulinito por tu clemencia mientras el sol salía por el horizonte. Ya en el barco que lo llevaba lejos de Bananaria, hacinado en un camarote con centenares de personas, pensaba no sólo que nunca debió haber salido de El Zarzal sino que ojalá se hubiera leído de verdad, y no sólo los resúmenes, de aquella novela que le puso como tarea Lolimar de un niño con un pijama a rayas de John Boyle.
Epílgo: Cualquier parecido con la realidad de nombres, personajes, caracteres, situaciones y archipiélagos que se puedan observar en este relato son pura coincidencia. Ningún animal ha sido dañado ni descatalogado para la realización de este texto. Tampoco ningún presidente deportado, desgraciadamente.
Canarias 24 Horas, 28 de marzo de 2011.

19 agosto 2006

Un día en el Paraíso

Un día más amanece en El Paraíso. En el dormitorio situado en el Jardín, bananero, de Adán suena el despertador con la melodía del pasodoble que habla de unas islas y que son el himno oficial de esta región de La Creación. Debajo de unas sábanas, que tienen estampada la leyenda una tierra única lo importante son las personas, emerge un brazo ensortijado que, como por intervención divina, apaga el interruptor del reloj. Adán pasa perezoso unos minutos más bajo las sábanas planeando enredos con su Lado Malo, el Bueno ha sido sobornado hace una legislatura y ocupa un cargo de viceconsejero en una empresa que levanta planos del territorio con la mirada puesta en El Cielo, mientras se tira sonoros gases sin preocuparse por las consecuencias de éstos sobre el efecto invernadero ya que en El Paraíso dicen cumplirse las cuotas de emisiones de gases de toda La Creación gracias a la política energética de Eolo y del Gas Natural y Licuado. Ya en el baño, y después de una ducha envilecedora con agua pública privatizada, al mirarse en el espejo dice sus frases favoritas que, desde hace décadas, repite a diario como ritual neurótico para afrontar la jornada: mi ombligo es redondo luego el mundo es perfecto y ya me lo dijo dios, creced y multiplicaros… en dinero. Como cada día sus vestiduras son altivas y acordes con su posición. Eso sí, desde hace un par de instituciones no se pone en sus parte pudendas la hoja, de platanera, de la vergüenza porque eso es algo que ha perdido hace tiempo. Cuando pasa al comedor, como cada mañana, sus sirvientes le han preparado un desayuno frugal compuesto por gofio transgénico, queso de la tierra con leche de cabra foránea, papas arrugadas de importación y fruta subvencionada. Como siempre picotea por encima los alimentos de la tierra paradisíaca, que no sólo le producen gases por la mañana sino diarreas a medio día, y coge excitado La Manzana, aquella misma Manzana que una vez reconoció que en política había que morder más de una vez, y le pega un bocado sin necesidad de serpiente alguna que le tiente. Este es, sin duda, el mejor momento del día y que acaba siempre convirtiéndose en onanista y autocomplaciente.


En su gabinete despacha primero los resúmenes de prensa que sus subordinados le han preparado. Guarda para papel higiénico, por eso de las crisis del medio día en el inodoro, las que son críticas y que provienen de páginas electrónicas independientes y se regodea con las favorables que le llegan desde El Diarrea, La Televisión Nuestra, El Diario de Abusos, Radio Pus y El Periódico de la No Opinión. Todo está bien para estos medios: El Paraíso progresa, los ricos son más ricos porque no pagan impuestos y éste es lo más grande de toda La Creación aunque oscurece el panorama, y nunca mejor dicho, un apagó producido por una vulgar tormenta que los medios se encargarán de agrandar. Así y todo, cae la segunda del día y eso que se acaba de levantar. Aún jadeante llama a sus subordinados para que le cuenten cómo va su principal proyecto para El Paraíso: el Eje Transparadisíaco de Comunicaciones que permitirá poner el contenido del Arca de Noé del Este del Edén al Oeste, también del Edén, en menos de ocho horas. Sin tratar de llevarle la contraria sus súbditos le cuentan lo más sutilmente posible, como cada mañana, que ese eje es imposible, que como publicidad va bien pero que El Paraíso está segmentado, en otros lugares de La Creación se usa el hecho de la fragmentación del territorio para obtener beneficio económico, y que es muy difícil crear unas redes de transporte sólo con la palabra y que hay que hacer algo y no esperar a milagros. Desde el suceso de la costilla, que creó la oposición y estableció La Sagrada Trinidad de los Partidos, en El Paraíso el único prodigo que existe es el de que la gente humilde logre sobrevivir todos los días. Como siempre se le hace ver el coste sobre el territorio que este eje podría tener, sobre todo con la construcción de un puerto sobre las aguas donde se reproducen los peces allá en el Sur del Paraíso. Como todos los días, a esta altura de la explicación, salta en cólera, despide a sus subordinados y se pone a gritar que El Paraíso es suyo, que dios se lo dejó como legado para que hiciera lo que quisiera y que aunque los vientos se conjuren para apagar las luces de sus tierras, pero también para enredarlo todo en los parques de molinos de la corrosión eólica, él es, todavía, El Primer Hombre. A estas alturas de su ira debe retirarse a la habitación más pequeña de palacio, esa que también es la más húmeda, para sentarse y poner los papeles de las críticas detrás de sí y para, una vez allí, pensar en la política cultural de El Paraíso que debe ser de propaganda y acorde con los viajeros ricos que desde muchos lugares de La Creación llegan hasta allí para dejar su oro. Una vez el agua corre por el inodoro se lleva tras de sí un nuevo plan cultural para el conjunto del Paraíso.
La hora del almuerzo siempre la pasa con uno de los Grandes Hacedores de edificios, caminos, muelles y puertos de los cielos, esos que no pagan impuestos por lo que tienen la sensación de que El Paraíso de Adán es mucho más Paraíso, para ellos, que nadie en toda La Creación. Este día ha quedado para comer con uno que viene de La Punta más Larga de todo del Edén y con el que tiene, siempre, la mayor de las complacencias. Si bien éste no es su mejor momento, físico, del día sí lo es para el que ha quedado a comer con él: de postre no sólo le ofrece unos tiritos en uno de los múltiples campos de golf de todo El Paraíso sino que lo satisface, de la misma manera que él se satisface a sí mismo, con sus propias manos y boca al Hacedor para que no deje de invertir en todo su Edén. Luego se retira a sus aposentos a dormir la siesta y ahora el que se toca es él mismo entre gases provocados por el almuerzo y excitado por lo que esta tarde va a hacer, visitar a los marginados del Paraíso.
La visita suele constar de tres fases: paseo por las zonas de los marginados, visita a los calabozos de La Santa Inquisición y parada frente a las fronteras del Paraíso para reprender a los pobres que tratan de navegar hasta dentro del Edén en busca de oportunidades. A pesar de que en El Paraíso las grandes fortunas han madurado, gracias a que los ricos no pagan impuestos, una gran masa de personas, 442.888 concretamente, son pobres o viven en el umbral de lo que significa serlo de un total de casi dos millones de almas que tiene ya El Paraíso. Por eso a Adán le es particularmente gratificante pasar, cada día, por las zonas de chabolas que viven los pobres para arrojarles unas pocas monedas mientras pasa en su carruaje oficial escoltado con lo que, por ahora, un cuerpo de élite de lo que algún día será la policía del Paraíso. Excitado, no puede evitar acariciase por encima del pantalón. Este viaje suele tener como destino la visita a los calabozos de La Inquisición, allí donde están encerradas las personas que han mostrado algún tipo de valía personal y se han distinguido por pensar. Hay particularmente uno, que ha osado escribir un libro que hablaba en actitud crítica de Su Paraíso, y contra el que su sistema ha descargado todas sus enjundias. A parte de este compañero los calabozos y las salas de tortura se hayan llenas de disidentes, personas que sólo han cometido el delito de pensar o que se han negado a firmar informes negativos al impacto ambiental sobre las costas del Paraíso. Adán se muestras siempre, en estas visitas, muy interesado porque el sistema siga cayendo, completamente, encima de ellos ya que siempre se ha declarado un enemigo acérrimo del pensamiento. De retirada al palacio hace una visita a las fronteras del territorio paradisíaco donde los hombres y mujeres del piel más oscura, y menos oro en sus bolsillos, llegan a diario en pequeñas barcazas en busca de una oportunidad en la vida y que son atraías por la boyante economía del Paraíso. Algunos pasarán para que se sigan construyendo más vías de comunicación en El Edén, en régimen de esclavitud, y otros serán tomados como prisioneros para que otros estados paguen por ellos un precio político y sirvan como chantaje emocional de que El Paraíso, precisamente por serlo, es una región ultraperiférica de La Creación. Desde las fronteras les dice que no se avergüencen de ser pobres porque, nosotros, dice Adán, en El Paraíso también lo fuimos aunque ahora, gracias a dios, ya lo hemos olvidado y por eso ahora no va a pasar nadie. Como siempre a esta hora se retira a palacio. Allí le esperan los festejos, las orgías y las bacanales diarias en un ambiente tan selecto que nosotros, ni siquiera como narradores de esta historia, nos está permitida la entrada.
Un día más ha pasado en El Paraíso. Un rayo de Luna se cuela entre las cortinas de las ventanas del dormitorio e iluminan el rostro de Adán mientras este está ya en el duermevela. Como siempre reza mecánicamente sus oraciones con ayuda de su Lado Malo. Desde hace algún tiempo en ellas pide que dios le conceda 4 años más de legislatura en El Paraíso ahora que su poderío está amenazado por un belillo que ni siquiera tiene estudios. Dios siempre le contesta lo mismo, Adán, no has obrado bien, te di un Paraíso para que vivieras en armonía al entorno y has dejado que se pudra y ahora me pides más tiempo... Has de saber que para ello algunas cosas han de cambiar y que yo también quiero un cargo en un área de cultura y una nueva casa en La Tierra porque la mía ardió… Para entonces Adán, indefectiblemente, duerme siempre plácidamente con un hilillo de baba que le cae de la comisura de los labios.
Canarias Digital, 14 de agosto de 2006.